En las salas del Centro Cultural Rougés, frente a la plaza Independencia, la siesta va terminando y los ruidos de la calle empiezan a hacer lo suyo. Pero hay en la obra de Paulo Neris una invitación al silencio que rivaliza contra cualquier bullicio. Un silencio que se contagia desde los cortes minuciosos, obstinados, casi invisibles, que convierten al cartón -ese material descartable, cotidiano, condenado a la calle- en una trama de hojas, aves y formas orgánicas que parecen respirar. Entre sombras y relieves, Paulo observa sin intervenir demasiado. “Primero hago para mí -dirá después, con una convicción tranquila-. Y recién cuando veo la reacción del público, entiendo si voy por el camino correcto”.

Nacido en Salvador de Bahía, donde se formó como artista y psicólogo social, Paulo se radicó en Tucumán en 2010. Lo trajo el amor de Verónica, a quien -no podía ser de otra manera- conoció en un museo; aquí se afincó y aquí construyó su familia. Su vida, su arte, representan un cruce entre aquellos inolvidables amaneceres con el mar de Brasil a sus pies y las yungas ciento por ciento tucumanas.

Así llegó a “Itsári”, exposición inaugurada la semana pasada y que abre oficialmente la temporada del centro cultural. La muestra, conformada por 11 piezas, condensa un relato visual donde se cruzan la investigación técnica, la memoria cultural y una ética del hacer que desconfía del desperdicio. La escena inicial podría parecer simple: cajas de cartón convertidas en arte. Pero lo que ocurre aquí es otra cosa.

En detalle

“Lo que estamos viendo sería lo que hoy se llama upcycling -explica-. No es reciclar. Cuando reciclás, destruís el material para volver a producirlo. Acá no. Se trata de darle una tercera vida a algo que ya fue descartado”. Entonces el cartón sigue siendo cartón, aunque ahora esté tensado, calado y ensamblado en formas que desbordan su función original.

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El recorrido por “Itsári” podría leerse como una crónica de hallazgos. Neris trabaja con lo que encuentra; son cajas que contuvieron partes de autos, bicicletas, electrodomésticos, embalajes industriales. Puro cartón, que llegó casi como una respuesta a una crisis.

“Estaba trabado -recuerda-. Me pasa cada tanto. No puedo estar más de cinco años haciendo lo mismo. Me aburro”. En ese punto de saturación técnica, buscó salir del aislamiento y producir con alguien más. Una amiga, la reconocida artista Blanca Machuca, le ofreció un espacio de trabajo, pero también le dio algo más concreto: la caja de un aire acondicionado recién comprado. Ese objeto doméstico, banal, fue el inicio.

“Agarré la caja, una trincheta, pegamento… y empecé a cortar. A tallar el cartón. A mirar las formas que ya estaban ahí”. La primera obra surgió de ese gesto exploratorio. Después vino lo que él describe como una cadena inevitable: “cuando estás produciendo, siempre aparece la idea siguiente. Y después otra. Y otra”.

En algún punto del proceso apareció la necesidad del color. No un color aplicado desde afuera, como una pintura, sino un color que naciera del propio material. La solución, otra vez, estuvo en la calle. “Encontré una caja de televisión tirada. La di vuelta y tenía esos verdes, esos celestes... Y ahí entendí que podía trabajar con los colores que ya venían en las cajas”, destaca. A partir de entonces, el método se expandió a cajas de frutas, de vinos, de componentes industriales. Cada una aportaba una textura, un tono, una variación. “A un pájaro, por ejemplo, lo había pensado en cartón puro. Pero después decidí hacerlo en color, sin pintar. Aprovechando lo que ya estaba”, detalla.

Las temáticas

El mundo natural es el eje visible de la muestra: aves, hojas, nidos, árboles. Sin embargo, detrás de esas formas hay una narrativa. “Tucumán es el Jardín de la República”, dice Neris, casi como punto de partida. Pero enseguida desplaza la mirada hacia sus propia identidad. En esa búsqueda, la misma que lo llevó al cartón, comenzó a investigar su herencia afroindígena. Fue allí donde apareció el nombre de la muestra.

“Itsári viene de un tronco lingüístico de una comunidad indígena de Brasil, los Xavante”, explica. Esa comunidad se ve obligada a desplazarse cada vez más hacia el interior de la selva debido al avance de la industria maderera. “Van perdiendo sus raíces”, resume. Precisamente, itsari significa raíz.

La conexión con su trabajo es directa, pero no literal. El cartón proviene del árbol; el árbol necesita de sus raíces; las raíces están en peligro. “Todo estaba interligado”, dice. Y en esa red de relaciones aparece el sentido profundo de la muestra, que más allá de reutilizar materiales lleva a pensar qué implica ese gesto, en un mundo donde la lógica del descarte es dominante.

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Las piezas dialogan con esa idea. Hay aves que emergen de estructuras complejas, hojas recortadas una por una, nidos que contienen y a la vez exponen. La escala varía, ya que algunas obras son íntimas; otras, como una pieza de más de tres metros de largo, imponen una presencia física contundente. “Esa fue la que más tiempo me llevó”, admite. El proceso, en ese caso, rozó la obsesión. Noches de insomnio, horas de trabajo silencioso, cortes repetidos hasta el límite de la precisión manual. “Aprovechaba el silencio -cuenta-. A veces me iba con un pedazo de cartón a todos lados: al médico, a una sala de espera… y seguía cortando con el bisturí”.

Las expectativas

La muestra reúne obras producidas a lo largo de aproximadamente dos años. La llegada al Rougés forma parte de otra instancia del proceso. Neris se presentó a la convocatoria anual del espacio sin demasiadas expectativas. La selección, dice, fue una sorpresa. Más aún, la propuesta de inaugurar la temporada 2026. “Es una responsabilidad grande”, reconoce. En ese momento, una de las obras clave aún no estaba terminada. Pidió unos días más. Terminó el trabajo y, finalmente, la muestra abrió sus puertas a tiempo.

Desde entonces, el diálogo con el público se convirtió en una nueva capa de sentido. Neris observa, escucha, toma distancia. Lo que percibe es, sobre todo, asombro. “La gente se impacta con las posibilidades del cartón”, dice. Y no es difícil entender por qué. Hay algo en esa transformación que desarma la percepción habitual del material. “Cuando ves una caja tirada en la calle, lo último que pensás es que puede convertirse en una obra de arte sin dejar de ser cartón”, destaca.

A futuro, el horizonte se expande. No en términos abstractos, sino muy concretos. Más material, más escala, más ambición espacial. “Me gustaría conseguir apoyo de alguna fábrica de cartón, algo que me permita trabajar con piezas más grandes”, anticipa. La idea, que por ahora suena como proyecto, es avanzar hacia una experiencia inmersiva. Nada menos que un laberinto de cartón.

Perfil: el protagonista

Paulo Neris (1972) es un artista visual nacido en Salvador de Bahía (Brasil). Licenciado en artes plásticas e investigador por la Universidad Federal de Bahía, hizo posgrados en psicología social y en arteterapia. Ha expuesto en numerosos museos, salas y galerías, sobre todo en Brasil. Sus obras forman parte de colecciones en Australia, Italia, Alemania y Suiza. Trabaja con distintos materiales y técnicas, como pintura, dibujo, mural, escultura, cerámica, acuarela y collage.